otoño

Caen las hojas, brotan las setas, nos golpean los postreros bofetones de calor y las olas mojan a los últimos cuerpos valientes que se aventuran a entrar en la mar. Vuelven las lecciones martilleantes a las aulas, las colas a las librerías, el olor a uniforme nuevo a las casas. Se reencuentran los compañeros de pupitre, los de mesa, los de oficina, los jefes y los maestros, los niños y los recreos. Vuelven las historias de viajes disfrutados, anécdotas alcohólicas mientras se vacían en discos duros las fotos acumuladas en tarjetas de memoria.

Empiezan a desvanecerse los tonos oscuros de nuestras pieles. Los helados ya no se reponen con la misma avidez en el supermercado de la esquina. Cierran chiringuitos y multitiendas repletas de productos flotantes made in china. Se esconden en cajas cubiletes y palas, las buhardillas se llenan de sombrillas, las cremas solares pasan a ocupar estantes secundarios. Vuelven los lunes al sol, los despertadores a las 7 de la mañana, el polvo a las botellas de vino blanco y el lino se trueca por la pana.

Retornan los pájaros norteños, reabren los bares del centro, desaparecen las hordas de turistas de la arena y el silencio se apodera más pronto de una noche cada día más larga. Desempolvamos mochilas, apagamos el aire acondicionado, nos recuperamos de la resaca de las fiestas del pueblo, ¡ese día la liaste parda!. Vuelven las reuniones de coches matutinas a las entradas de la ciudades,¡Coge una rebeca que más tarde refresca!, cambiemos la ropa de los armarios, y las guerras de tumbonas ahora son reuniones de buena mañana.

La ciudad recupera el pulso, la playa su calma, el campo su rutina y las camisas sus mangas. Las corbatas se apoderan de nuevo de los cuellos, las chanclas pasan a mejor vida, es momento de manzanas y naranjas. Las faldas ganan algodón de un día a otro, y las sopas se divierten otra vez entre cucharas. Los goles cobran importancia entre estornudos de virus estacionales. Las camas reconquistan sus plumas, los niños sus estuches, las piscinas su fauna y las madres las planchas.

Y casi sin darnos cuenta empezamos a pensar en nieve y en montañas, en cenas y uvas, en familia y en gambas. De la playa al ski, los villancicos y las guirnaldas, el gazpacho es polvorón, y los bailes de verbena son ahora cava con lotería premiada. Y luego vendrán las flores, las cruces, los frutos y las alergias. Y casi como si nada bañadores de nuevo a las pozas, y fiestas y jarana, y tinto de verano y vacaciones Santillana… Y las clases y los libros, y las luces y las rebajas… Apenas pasa el tiempo y es Otoño, luego invierno, y tras la primavera el verano se acaba, y con él las risas, las raquetas de madera, la sangría, la vida relajada… La vida, ay, esa que se desliza silenciosa entre la almohada, y cada noche va pasando por nuestro lecho cual amada despechada que nos quiere y nos sonríe pero a la vez nos separa, de una realidad rutinaria, de una juventud olvidada… El otoño está cada vez más cerca esperando salir de la hamaca, para recoger frutos secos y secar las vidas imaginadas.