Recuerdo cuando una soleada mañana de 2008 tras ocupar mi actual vivienda me crucé con mi nueva vecina Paquita en el portal, la señora muy amable me dio la bienvenida al edificio y poco después me contó, como sólo saben hacer las personas mayores, los detalles más relevantes de su vida entre ascensor y ascensor. Tenía ya más de 80 años y hacía poco había perdido a su hermana con quien vivía desde hacía muchos años en ese mismo piso. Me contó que la rampa de acceso al ascensor se instaló para que su hermana, que estaba impedida, pudiera salvar los escalones y que cada vez que subía aquella rampa se acordaba irremediablemente de ella. No tenía hijos, no tenía marido, estaba sola y sola vivía.

sola

Su vecina del cuarto piso (dos pisos por planta) era aún más mayor que ella y también vivía sola sin más compañía que la de su perrito. Recuerdo un día que le dio por quemar papeles en la bañera y casi prende fuego al edificio, pero eso es otra historia. Angelita Cuesta era una señora entrañable con una historia de lo más impactante: su hermana había sido una de las 13 rosas, la única en sobrevivir. Junto a su hermana había sufrido la represión franquista y se salvó de la muerte por pura chiripa. Ella que había conseguido llegar jefa de enfermeras del Hospital de la Fe tras venir exiliada desde Madrid, vivía con un único objetivo vital; encontrar la tumba de su padre, “asesinado por rojo”, y poder llevarle un ramo de flores antes de morir. Nunca logró su objetivo y murió hace unos años de la forma más absurda. Tras haber pasado muy jovencita varios meses en la cárcel junto con su hermana, y tras vivir el hambre del destierro, no merecía que un ascensor estropeado la obligara a sus más de 90 años, en la nochebuena de 2010, a bajar por las escaleras para pasear a su único y fiel compañero. Las piernas le fallaron y las heridas producidas por la caída tras un mal paso pudieron con ella durante las navidades de hace ya 4 años.

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Hace unos meses Paquita se mudó a una residencia de ancianos, dice un vecino que porque la encontraron desnutrida y poco lúcida, y el cuarto piso, otrora lleno de historias, pasaba a estar yermo y solitario. Pero justo esta semana Paquita nos hizo una visita un tanto extraña. La dejaron venir a su casa desde la residencia a buscar ropa y trastos, con tan mala suerte que la luz de su rellano estaba fundida. La señora no atinaba a meter la llave en la cerradura por la oscuridad reinante frente a su puerta y un mal paso acabó con sus huesos 20 escalones más abajo. El golpe y los gritos posteriores nos alertaron y fuimos raudos a ayudar a Paquita que yacía aterrorizada boca abajo sin soltar su bolso ni sus llaves. Afortunadamente sólo tenía una pierna dolorida y un gran chichón en la cabeza, además de una preocupante desorientación que la llevaba a no saber donde se encontraba.

Tras ayudarla a entrar en casa y comprobar que no sangraba ni parecía tener nada roto, procedimos a llamar a su residencia para que la llevaran de vuelta a su nuevo hogar. “Metedla en un taxi” fue su respuesta, a lo que nos opusimos. Volvieron a llamar dos veces más insistiendo en el taxi, a lo que volvimos a negarnos dos veces más, no íbamos a dejar sola a una anciana que apenas se tenía en pie. Al final vivieron en taxi a por ella más de una hora después de su caída muy a desgana: al menos la pudimos ayudar a recoger algo de ropa

ascensor

Un ascensor averiado, un bombilla fundida, un felpudo demasiado alto o un suelo resbaladizo. Pequeñas trampas cotidianas, inofensivas para la gran mayoría, que pueden llegar a ser mortales para unos ancianos que han agotado sus reflejos. Fue una mañana de reflexiones. Recordé a mis abuelos fallecidos y lamenté el tiempo no pasado con ellos; recordé que hacía ya 10 días que no hablaba con mi abuela e inmediatamente la llamé y me prometí ir a verla esta semana; pensé en mi futuro y en la poca fe que tengo en que el respeto a los mayores vaya en aumento en vez de en retroceso; y buceé en el sentimiento de soledad de aquellos que únicamente esperan, en muchos casos solos, lo inevitable. En mi oído aún retumban sus palabras: “pensaba que ya me iba, esta semana se han muerto dos en la residencia, total una más…” Y me he sentido obligado a dedicarles estas palabras a los millones de vecinas y vecinos del cuarto piso que respiran pero prácticamente no viven. 

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Haceos un favor: visitad a vuestros mayores.