Fotos del Allioli Choví (fabricado en mi pueblo, Benifaió) en supermercados islandeses.


Querido amigo.

Hace tanto que nos conocemos que ya ni recuerdo nuestro primer encuentro. Seguramente fuera yo un niño cuando nos presentaron, solías aparecer en los bares junto al pan y al tomate rallado para acompañar a los entrantes. Es posible incluso que la primera vez no me cayeras bien, ya sabes que tienes un carácter fuerte y no le gustas a todo el mundo. Pero poco a poco me fuiste conquistando, con detalles sutiles como tu manera de acompañar la fideuà.

Sí, recuerdo esos veranos en la playa en los que mis amigos del resto de España me veían ubicarte junto a los fideos sin entender muy bien por qué te hacía tanto caso, ni por qué insistía tanto en contar siempre contigo. También me acompañaste durante muchas noches de la adolescencia, especialmente en las fiestas del pueblo. Nunca faltabas en mis cenas de sobaquillo, te volviste imprescindible ya fuera con carne, pescado o tortilla. Incluso hubo una noche, tú sabes cuál es, en la que tras estar contigo conocí a una chica. Ella luego me confesó que no era muy fan tuya, pero eso no impidió que esa noche nos besáramos.

Nos separamos un poco por aquel entonces, yo estudiaba lejos de casa, y entre amoríos, nuevas amistades y la distancia, no tenía prácticamente tiempo para encontrarme contigo. Así que aprovechaba los fines de semana en los que volvía al pueblo para saciarme de ti. Aparecías los domingos suculentamente en el mortero, te hacías de rogar, hacía falta ponerle empeño para que llegaras, pero finalmente aparecías compacto y untuoso. Luego me iba a casa, todavía con el recuerdo de nuestra conversación en la punta de la lengua, y deseaba que fuera de nuevo domingo para volver a pasarlo contigo.

Con los años esos arroces con la familia se han convertido en torràs con los amigos. Que por cierto cuando vienes tú a acompañar a las chuletas y al embutido, es una torrà, en cambio cuando vienen tus amigos kétchup y mostaza a acompañar a hamburguesas y perritos, se convierte en una barbacoa. Y siempre me quito el sombrero contigo, viejo amigo, porque en esas torràs en las que nunca faltas sigues conquistando a mayores y a pequeños por igual, tienes un don especial para enamorar con tu encanto natural a todas las generaciones.

De sobra es conocido que has conquistado España, donde te suelen llamar alioli aunque tu nombre signifique ajoaceite. Pero recientemente estás decidido a conquistar el mundo, de hecho unos amigos me enviaron unas fotos tuyas pasando frío en Islandia, seguro que te llevas muy bien con las focas. Yo, gracias a Choví, te puedo llevar siempre en la maleta allá donde voy, y presentarte como mi salsa más amada por mesas de toda índole.

Por eso quería manifestarte mi amor eterno, allioli, bocado amado mío, tú que eres capaz de poner de acuerdo a longanizas y morcillas (blancs i negres), de mejorar los arroces y hasta de convertirte en aterciopelada espuma. A ti, que formas parte de mi ADN, a quien doy vida cuando no te encuentro, y que me haces salivar cada vez que te imagino acariciando un buen pan tostado. Allioli, formas parte de mi vida y mis recuerdos, y por todo ello puedo decir bien alto que eres la salsa de mi vida.