Cierro los ojos. He sellado antes la persiana a conciencia para que no entre ni un rayo de luz en la habitación. Huelo a pólvora y a sudor. Tengo las piernas doloridas y la garganta reseca tras un día intenso. Son las 4 de la mañana y de fondo se escuchan todavía algunas detonaciones aisladas. Algunas veces suenan ráfagas, otras explosiones rotundas, muchas detonan cerca de mi habitación, otras son estruendos lejanos que me impiden conciliar el sueño. En mi intento de reposo comienzan a desfilar entre la almohada las muchas imágenes que durante el día golpearon mis pupilas, y las intento ordenar sin éxito… El éxodo de gente huyendo de la ciudad, las calles desiertas y las plazas abarrotadas, basura amontada, el desfile en formación de miles de ciudadanos uniformados ante las miradas atónitas de tantos otros, las lágrimas en los ojos de mujeres y niñas. Ha sido un día duro, de sortear obstáculos, de lucha constante por la mejor posición con miles de personas, de andar muchos kilómetros para lograr llegar al objetivo. De mi piel emanan los olores que ha acumulado durante un día sin tregua, olor a la pólvora, a madera y el plástico quemado, a aceite hirviendo y a orín. Intento respirar hondo.

Aún me zumban los oídos tras haber escuchado decenas de explosiones terrestres y aéreas, repartidas por toda la ciudad. Gente corriendo, gente perdida, personas sin rumbo, y mucho desconocimiento de la situación. La desinformación es una constante en estas situaciones y cada uno pregunta al otro para saber si ha tomado el camino correcto. De repente un atasco, el tráfico rodado es imposible, y el ruido de las sirenas y los silbatos se confunde con el estrépito de las detonaciones. Me sorprende ver a los niños solos, en medio de la calle, ajenos a todo, mientras los padres debaten sobre banderas y fuego. Parece que la autoridad ha perdido el control de la situación, y nadie cumple con las normas preestablecidas. Todo vale. Los jóvenes se refugian por la noche en botellas de alcohol y música repetitiva, ellos se encontraron una realidad y poco pueden hacer por cambiarla. Los mayores se refugian en levantamientos improvisados, saben que durarán poco así que los montan tan rápido como rápido los desmontarán. Cada cual está con los suyos en el trance y mira con recelo y rivalidad a vecinos y amigos. Llamo a algún conocido, pero las líneas han caído. De todas formas seguramente haya sido partícipe del éxodo. Poco a poco se apodera de mi el cansancio y empiezo a soñar…

Sueño con imágenes que me han impactado en las últimas semanas. Muchas de Siria pero también de Kiev, Bagdad o el Cairo, y se mezclan con las que he vivido en primera persona durante 20 interminables horas. Tal vez sea el mareo que me produce el alcohol de contrabando que me han vendido unos oportunistas en una esquina mal iluminada, pero por un momento dejo de estar en mi habitación. Por un momento vivo en Atlanta y la ciudad está plagada de zombies, al segundo estoy en un cortejo funerario en Damasco por unos niños tiroteados, y de ahí mi mente salta hasta la Plaza de la independencia y me encuentro asaltando el congreso ucraniano. Pero un nuevo fogonazo me devuelve a la realidad, no estoy en medio de una manifestación armado con cocktails molotov, no he vivido tiroteos en Caracas, no escucho los bombardeos de los aviones nazis sobre Londres de fondo, no he huido de un intento de secuestro en Tijuana, ni tampoco estoy haciendo cola para conseguir pan en un campamento de refugiados, Estoy en Valencia, es marzo.mascletà