bolsa verde

Ya sabéis que en Valencia pasan cosas sobrenaturales, dignas de estudio e investigación. Pasan cosas raras cuando llueve, cuando hace frío y también cuando hace calor. Y ahora que “hace” viento no iba a ser menos.

Aparecen bolsas y papeles voladores por todas partes. De repente, tras cualquier esquina, te puede golpear una bolsa verde de frutería, que por lo visto son las más agresivas, o algún recibo de compra aventurero del Consum o el Mercadona.

Las calles se vacían, nadie quiere salir de casa para no “envolar-se”, tenemos miedo a convertirnos en “catxirulos (cometas). Con el viento nos pasa como con la lluvia: nos escondemos en casa bajo las sábanas.

Los conductores se vuelven torpes y lentos, y por tanto las carreteras se vuelven tan peligrosas como pasear en hora punta por el río (entre runners y bikers aquello parece un sálvese quien pueda). Y eso a pesar de que la gente intenta no salir de casa a no ser que sea ineludible.

Los calcetines se desemparejan porque algunos se van volando, es lo que tiene tender siempre al sol. No hay temporal de viento que no se lleve alguna camiseta, toalla o calzoncillo con él, que en el mejor de los casos acaba enganchado en el tendedero del vecino o en abandonado a su suerte en el deslunado de la finca.

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El viento te hace darte cuenta de que te habías dejado abierta la ventana del patio de luces o de la escalera. Igual estaba abierta desde hacía meses, pero hasta que no llega el viento y el ventanal te despierta con sus golpes no eres consciente.

La gente camina pegada a los muros, tal vez sea para que no les pase como a “la delicà de Gandia” a quien le cayó un pétalo de rosa en la cabeza y se murió. Era un pétalo de piedra del palacio Ducal de unos 40 kilos de peso, pero por si acaso alguna maceta se desprende de su macetero es mejor pegarse a la pared, o eso piensan los valencianos.

Quizás tomemos tantas precauciones porque con el viento las cosas empiezan a desprenderse de sus lugares de origen: se caen árboles, muros, ángeles o campanas de la Catedral (pasó), el famoso trencadís de cerámica de la Ópera o del Ágora (también pasó), cornisas, hasta las fallas… Valencia se convierte en una ciudad llena de trampas.

Foto de www.lasprovincias.es

Foto de www.lasprovincias.es

Las abuelas cancelan sus citas para la peluquería. No tiene sentido hacerse la permanente si te va a durar lo que dura el trayecto de la pelu a casa. Al menos eso hace mi abuela.

El polvo aparece por todos los rincones, ya venga del descampado de enfrente, de debajo de la puerta, del cielo o del infierno. En Valencia cuando sopla con ganas te puede dar la sensación de estar rodando Lawrence de Arabia en pleno Sáhara.

Si el viento es de poniente se da la situación de que hace más frío en casa que fuera, pero nadie se atreve a abrir las ventanas para no comer polvo.

Y por último, si hace viento la gente sale a la calle tapada como si esto fuera Siberia, empieza a sudar por dentro de la gabardina y en el metro, en los autobuses, o cualquier lugar concurrido empieza a oler a humanidad.

Por cierto aquí el viento no sopla, se hace o incluso “hace aire”; al igual que en la tele no echan cosas, las hacen; o hacemos fuego, no lo encendemos. Esto ya os lo conté en el Curioso Castellano de los Valencianos, somos gente de acción.

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